Ocurrió lo mismo cuando se le concedió a Dylan el Príncipe de Asturias. Ciertas voces incurrieron en desafortunados comentarios. Algunos cronistas ilustres criticaron la decisión porque veían al poeta como un icono caduco poco identificado por las nuevas generaciones. Su contribución decisiva para transformar la cultura popular poco o nada le valía de cara a un premio que debía perseguir caracteres más universales. ¿Más universales?

Parece que opinar a favor de corriente devalúa al columnista. Tener la habilidad para incluir un “pero” sonoro justifica el espacio concedido por los medios. Claro, esta práctica obliga a escorzos a veces imposibles. En mi modesta, ese era el caso con Bob Dylan y es el caso con Google.

Todavía no concibo que haya personas que cuestionen los méritos de esta empresa. Es cierto que, sobre todo en España, su apabullante dominio del mercado puede llegar a saturar a cualquiera. Cada uno de sus productos ha copado los segmentos de los servicios más utilizados: buscador, correo, mapas, chat, etc. El mensaje de frescor que lanzaba a principios de la década, en pleno estallido de la burbuja, se ha convertido en un refraneo “ACME” de tal contundencia que a veces nos hace mirar a Microsoft hasta con cariño.

Ahora bien, de ahí a cuestionar su valía va un trecho que solo recorren los que tienen poco que decir. Google supone el primer gran paradigma de Internet. Hasta su nacimiento, las veleidades de la Web pueden ser recogidas en un anecdotario feliz a modo de prólogo. El proyecto de Page y Brin ha demostrado como ninguno la potencia del mundo hiperenlazado. Hicieron plausible el discurso de la conversación y lo convirtieron en un negocio fenomenal.

Salvando las distancias, Google y Dylan han supuesto hitos similares, cada uno en su esfera. De esos hitos que se merecen nuestro reconocimiento y nuestros premios.

Chief Talent & Innovation Officer y Socio de Llorente & Cuenca (y ferviente admirador de los Flamin’ Groovies).

Un Comentario en “Google, Dylan y el Príncipe de Asturias

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