Aunque todos ejercemos como líderes en algún momento de la vida, es cierto que los estereotipos que hemos aceptado nos dicen que hay personas con más facilidad para asumir ese papel. Claro está, no existe el prototipo perfecto. Usando algunos conceptos y sus contrarios, he ido conversando con Rocío Hidalgo, al frente del programa “Gente Ni Hao” en la nueva Radio Internacional, acerca de ejemplos de líderes políticos y sociales y mitos de la música para luego entender lo que hacemos en nuestra vida cotidiana.

Uno de esos rasgos tiene que ver algo que últimamente está muy de moda en nuestro país: la capacidad de un líder para construir un relato que incluya o que excluya. Eso lo convierte en una de estas dos opciones que nuestro diccionario define de esta forma tan sencilla:

  • Inclusivo: que incluye o tiene fuerza y capacidad para incluir.
  • Exclusivo: que excluye o tiene fuerza y virtud para excluir.

En la política… Hitler y Monet

En política, esa diferencia estriba en qué basa el jefe su liderato: algunos construyen señalando las diferencias que existen y proponiendo a los partidarios que se agrupen en la misma medida que rechazan a los que nos son como ellos. Otros, sin embargo, lo consiguen haciendo hincapié precisamente en lo contrario: apoyándose en la diferencia para trasladar un mensaje integrador.

Los dos ejemplos que utilizamos para trasladar este concepto fueron Adolf Hitler y Jean Monnet. Ambos fueron contemporáneos. El movimiento Nazi es la cumbre de la exclusión y, por tanto, también del modelo de régimen dictatorial. Logró establecer los pilares de una comunidad con un fuerte sentimiento de pertenencia gracias a marcar los rasgos que diferenciaban a sus miembros de los integrantes de otras mediante la raza o la religión. Una vez caló este primer paso, entonces generó el odio suficiente para que el miedo reinara y su voz resonara con mayor fuerza.

El caso de Jean Monet es diametralmente opuesto. El diplomático francés trabajó incansablemente entre las bambalinas de la Europa continental desde los años veinte para conseguir lo que cuajó tras la II Guerra Mundial: lo que hoy conocemos como la Unión Europea. A través de miles de conversaciones con los políticos franceses, ingleses, alemanes, italianos, holandeses y un largo etcétera, logró que todos aceptaran que un continente, que llevaba prácticamente 2.000 años en guerra, debía poner la paz en el centro de sus prioridades. A partir de esa poderosa imagen, creó y consolidó las relaciones entre esos dirigentes para construir la única forma en la que ese bien supremo funcionaría: una coalición entre países enfrentados durante siglos basado en lo que tenían en común. El paradigma, en este caso, que suele imperar es el del consenso y de aquellos polvos tenemos los barros de un sistema político tachado a menudo de burocrático e ineficiente pero que ha conseguido su principal objetivo, 70 años de razonable concordia en el corazón de Europa.

En la música… los productores Phil Spector y Sam Philips

Establecer la comparativa entre músicos y políticos puede crear monstruos. Esta aclaración es necesaria porque esta conversación no nos debe llevar a pensar en que existen “buenos” y “malos”. Inclusivo no debe ser relacionado con el bien y exclusivo no supone necesariamente el mal.

Dicho esto, tenemos ejemplos en el mundo de la cultura que han transformado la manera en la que vemos el mundo desde una forma de trabajar profundamente individualista. Es el caso de Phil Spector. Este genio compositor y productor nos regaló clásicos eternos como, entre muchos otros, “He’s a Rebel” o “Da Doo Ron Ron” de The Crystals, “Be My Baby” de The Ronettes, “You’ve Lost That Lovin’ Feeling” de The Righteous Brothers o “River Deep, Mountain High” de Ike & Tina Turner. Desde el principio de su carrera, modeló un relato que se proyectaba explicando a sus artistas, técnicos y seguidores que ellos formaban parte de un colectivo privilegiado. Los demás eran unos fracasados por su falta de inspiración. Su dominio técnico de la prehistórica microfonía y de las primeras mesas de mezclas y su entendimiento de las características de la radio como principal medio de difusión, aportó credibilidad a ese mensaje exclusivo. Durante buena parte de los sesenta consiguió que su propia marca, no la de los artistas que utilizaba en sus grabaciones, compitiera con la de The Beatles o la del mismísimo Elvis Presley.

En el otro lado de la moneda y por poner el caso de otro productor, nos encontramos con el gran Sam Philips. Cuando abrió su estudio de grabación en la década de los cincuenta en un barrio de Memphis, las emisoras de radio se dividían en dos grupos según el color de la piel de los intérpretes cuyos discos pinchaban: blancas y negras. La segregación racial en el corazón de los Estados Unidos lo condicionaba todo. Desafiando el sistema imperante, Sam decidió, en primer lugar, destinar las noches para que grabaran músicos negros y los días para que hicieran lo propio los blancos. Pronto, al conocer las habilidades de sus representados, se le ocurrió celebrar encuentros entre ellos. Aquel fue el inicio de la revolución cultural más productiva para la integración entre ambas comunidades: la del rock ‘n’ roll y el pop. El resultado no se hizo esperar, cuando el single “That’s All Right Mama” llegó a las estaciones de radio nadie fue capaz de decir si el que cantaba era un blanco o un negro. Elvis Presley grabó aquel tema compuesto por un bluesman del delta, Arthur “Big Boy” Crudup, con la intención de sonar al country imperante entre las clases medias acomodadas. La música de BB King, Ike Turner y James Cotton, tres grandes ídolos de color, o de Jerry Lee Lewis, Johnny Cash y Roy Orbison, tres mitos blancos, unió por primera vez a jóvenes de todo el país haciendo patente que podían convivir bajo el mismo relato inclusivo. (comparto una lista de temas que representan algunos de los éxitos producidos tanto por Phil Spector como por Sam Philips para ambientar esta lectura, jejeje).

En nuestra vida cotidiana…

Es bueno que pensemos en nuestras reacciones y propuestas desde esta óptica. ¿Somos inclusivos o exclusivos? Permite que insista, no se trata de si somos “buenos” o “malos”, la cuestión es qué tipo de liderazgo ejercemos para con nuestra familia, amigos y compañeros. ¿Somos de los que enarbolamos “los nuestros” contra “los suyos” por ejemplo en la relación con nuestra pareja? ¿Hacemos por reunir amigos de distintas procedencias o preferimos mantenerlos separados para evitar posibles conflictos? ¿Sacrificamos nuestras mejores ideas en aras de consolidar equipos más amplios pero menos compactos?

En efecto, a diario, en nuestro lugar de trabajo podemos potenciar los lazos de nuestros colaboradores más directos señalándoles lo que les diferencia con el resto de los miembros de la empresa. Produce efectos positivos: incrementa el sentido de pertenencia y estimula la competitividad. Y nuestro rol se ve reforzado porque somos los propietarios de ese relato exclusivo.

Al mismo tiempo, tenemos a nuestro alcance hacer lo contrario. Impulsar la integración de nuestro equipo apostando por lo que les une e identifica con los demás equipos. Eso también tiene efectos positivos: les ofrece alternativas para el desarrollo de su carrera y les ancla con el proyecto corporativo, aportándoles un sentido colectivo de mayor calado. En esos casos, nuestro rol se diluye ante el protagonismo de otros líderes porque somos uno más en la construcción del relato inclusivo.

Las dos fórmulas son válidas. Depende del contexto de la compañía y del momento de nuestro proyecto. Cada tiempo exige una forma de gestionar y, por supuesto, un líder distinto. ¿Estamos abiertos a liderar y a ser liderados? Merece la pena hacernos esta pregunta de vez en cuando. Reflexionar sobre ello nos ayudará a encontrar nuestro sitio y a hacernos más felices. Estoy seguro.

 

Chief Talent & Innovation Officer y Socio de Llorente & Cuenca (y ferviente admirador de los Flamin’ Groovies).

Un Comentario en “Líderes Inclusivos Vs Exclusivos

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