Internet, el Far West y el Señor de las Moscas: por qué acabamos con los paraísos?

Hace tiempo que quería dejar por escrito esta sensación. Cuando supe del uso por parte del Gobierno de Estados Unidos de los datos que compartimos en redes sociales como Facebook, Google+ o Twitter, me sobrecogió un escalofrío. No sentí miedo. Tampoco indignación. Fue más bien la reacción  melancólica que suele acompañar a la nostalgia y a la impotencia. Por qué los humanos nos empeñamos en complicar cada nuevo espacio que descubrimos?

El Señor de las Moscas

lord-of-the-flies-quoteMi padre me dio a leer la novela de William Golding cuando yo tenía 14 años. Supongo que pensó que me gustaría una historia protagonizada por niños y adolescentes. La verdad es que según avanzaba siguiendo las peripecias de los recién llegados al paraíso, me di cuenta de que no me enteraba de nada. De aquel primer acercamiento, solo guardo el terror que me producía la montaña y la figura del paracaidista colgado.

Pasaron lo años y me animé a darle otra oportunidad. Entonces, me impresionó la idea central de la novela.  A pesar de contar con recursos ilimitados, un clima benévolo y toda una isla por disfrutar con sus playas, su selva y sus escarpadas laderas, los chavales instauran con rapidez asombrosa un sistema social irrespirable. Incluso cuando hablemos de los más inocentes, los seres humanos tendemos a reproducir sociedades en las que el poder se convierte en la obsesión colectiva. Conseguirlo, ejercerlo y preservarlo se justifica de cien maneras distintas. Y ese proceso se ceba a costa de un único alimento, la libertad individual. Qué triste!

El Far West

Ciertos clásicos del cine y de la literatura que se desarrollan durante la conquista del lejano oeste dejan entrever una situación similar. Y me hacen sentir igual. Entre ellos, me quedo con “Pat Garret & Billy The Kid” firmado por el maestro Sam Peckinpah. La historia narra las peripecias de dos forajidos, amigos y compañeros de aventuras, ante la llegada de la civilización al territorio donde campaban a sus anchas. Cada uno escoge una forma de afrontar el cambio. Pat Garrett comprende que nada se puede hacer ante la revolución que acontece y decide unirse al bando que terminará por gobernar el Far West. Acepta su nombramiento como Shérif y el encargo de imponer la nueva ley. Eso supone eliminar a su amigo Billy el Niño al que ofrecerá la oportunidad de huir.

Billy, por contra, escoge resistir. Apuesta por mantener su modo de vida, anárquico y violento sin ceder ante las amenazas del poder que llega. Escucha a su compañero Pat, le comunica su decisión de continuar contra viento y marea y le perdona la vida en uno de los momentos más románticos de la historia del cine (y, sobre todo, de la filmografía de Peckinpah): sus correligionarios le preguntan por qué no mata al Shérif Garrett cuando éste le amenaza; él les responde “por que es mi amigo“.

Al igual que William Golding, el cineasta nos ofrece una visión desolada de cómo la realidad se impone sobre un territorio salvaje y por descubrir (o conquistar). Hace todo el sentido que Bob Dylan pusiera la banda sonora a la peli. “Knockin’ on Heaven’s Door” se convirtió en el himno amargo de una escena crepuscular construyendo el que probablemente fuera el primer videoclip de la música moderna. Pero la canción que inmortalizó la melancolía del “nada volverá a ser como antes” es precisamente la que lleva el nombre del protagonista/antagonista “Billy 1“. El poeta canta:

“There’s guns across the river aimin’ at ya
Lawman on your trail, he’d like to catch ya
Bounty hunters, too, they’d like to get ya

Billy, they don’t like you to be so free

A ellos no les gusta que seas tan libre. Esas palabras podrían figurar hoy en día en el portátil, el teléfono o la tablet de cualquier internauta.

Pocos años después de la producción de “Pat Garrett & Billy The Kid”, un amigo de Bob Dylan escribió una letra que recordaba el coste de la civilización del lejano oeste. Mark Knopfler compuso y grabó “Telegraph Road” con los Dire Straits y la incluyó en su LP “Love Over Gold”. El párrafo de entrada decía (con especial énfasis en la frase “Entonces vinieron los abogados, entonces vinieron las reglas“):

“A long time ago came a man on a track
Walking thirty miles with a pack on his back
And he put down his load where he thought it was the best
Made a home in the wilderness
He built a cabin and a winter store
And he ploughed up the ground by the cold lake shore
And the other travellers came riding down the track
And they never went further, no, they never went back
Then came the churches then came the schools
Then came the lawyers then came the rules
Then came the trains and the trucks with their loads
And the dirty old track was the telegraph road”

Crónicas Marcianas

Con 16 años me fascinaron los relatos sobre la progresiva llegada del hombre a Marte escritos por el gran Ray Bradbury. De nuevo se trata de la historia de colonización de un paraíso. Sin que exista la más mínima conexión entre él, Golding y Peckinpah, cada retal de la hipotética colonización del planeta vecino me conmovió de la misma forma que lo harían “El Señor de las Moscas” o “Pat Garrett”. ¿Estamos condenados a acabar con todos los paraísos? Desde luego, la visión del novelista de ficción americano es así de apocalíptica. Los humanos, poco a poco, implantamos en la nueva tierra prometida los viejos clichés que nos expulsan de la anterior: el miedo, la incertidumbre y la lucha por la supervivencia son herramientas al servicio del mismo poder que agota La Tierra.

La WWW se hace mayor…

En efecto, los atentados terroristas y los ataques cibernéticos, han creado el contexto apropiado para que los rancheros, los niños o los colonos contraten a Pat Garrett. La narrativa global nos lleva a aceptar con naturalidad la implantación de un determinado orden en Internet. Así, nos enteramos de la fiscalización de nuestras comunicaciones por parte de los gobiernos y nos parece un mal menor que debemos asumir en aras de que funcione la red que consagra la inteligencia colectiva. No me gusta pero comprendo su lógica aplastante. Eso no evita que sienta escalofríos y que al experimentarlos conecte con el sentimiento de una profunda nostalgia por la inocencia perdida. La misma con la que J. C. R. Licklider describió la visión de su “Galactic Network” (esbozo pionero de lo que luego sería Internet) allá por los años 60′: una red para permitir la comunicación libre entre los ciudadanos de este mundo más allá de fronteras, idiomas y religiones.

Me estaré haciendo mayor también…