El Legado: su importancia en la gestión (aprendizajes de un ejemplo mítico)

¿Después de todo tu esfuerzo qué quedará para el recuerdo? Días, meses, años, quizás décadas ¿para qué? Los resultados de los “Q“, de los planes estratégicos, de las ventas, de las reestructuraciones… ¿para quién? ¿accionistas, empleados, clientes, analistas, reguladores? Son las preguntas que mi socio y amigo Goyo Panadero trajo aquella tarde sobre la mesa. A los primeros ejecutivos, según avanza su gestión y las metas de corto plazo se cumplen, les comienzan a preocupar estas cuestiones. No son producto de la vanidad, tampoco de un manual explicado en la Harvard Business Review. Provienen de la inquietud que siempre hemos tenido los seres humanos: Cuál será nuestro “legado”, nuestra “herencia” cuando hayamos pasado?

Escuchando hablar a un profesional que ha trabajado con Presidentes y CEOs de tres Global Fortune 500, las cosas se ordenaron en mi cabeza. Los retazos intuitivos que llevaban tiempo dando vueltas en mi particular imaginario cobraron forma. Yo también he colaborado con tres cracks que, sin expresarlo de este manera, tenían esa idea en su hoja de ruta. Jose Luis Adell, Demetrio Suárez y Jose Antonio Llorente, mis Presis, están unidos precisamente por esa forma de mirar en el largo plazo sin descuidar los detalles del día a día: definiendo en cada paso cuál sería su “legado”.

Déjame compartir contigo una historia (como siempre de la música) que ilustra este concepto

Robbie Robertson habla emocionado con Martin Scorsese. Se les ve en una sala pequeña, el director de cine pregunta al guitarrista de The Band cómo surge la idea del concierto que van a grabar. En pocas palabras, Robbie cuenta que todo aconteció de manera natural. Ellos deciden disolver su grupo. Están cansados de dos décadas en la carretera. Piensan que deben cerrar el tiempo que han pasado juntos celebrando un último show. Cómo no invitar al evento a los dos grandes que lanzaron su carrera: Ronnie Hawkins y Bob Dylan? Y a Van Morrison con el que coincidieron viviendo en Woodstock? Y a sus colegas de la costa oeste Neil YoungJoni Mitchell? En fin, que un cosa llevó a otra y entonces surgió la idea de proponer al propio Scorsese que filmara el encuentro.

La entrevista se produce en aquellos días de octubre de 1976 previos al 25 de noviembre, Día de Acción de Gracias, en el que terminarían por reunirse algunos de los más representativos artistas de los géneros que convirtieron los años 60′ en una de las décadas más fértiles de la historia de la música. Desde el country con Emmylou Harris, el soul con The Staples Singers, el blues con Muddy Waters, el Brill Building Sound de Neil Diamond, la british invasion con Ringo Starr de The Beatles y Ronnie Wood de los Faces y de los Stones, el sonido mestizo de New Orleans con Dr. John y un largo etcétera que incluye a Eric Clapton y Paul Butterfield. Además, todos reunidos en el marco extraordinario y simbólico de la Sala Winterland Ballroom del promotor Bill Graham, uno de los nombres que más influyó en la cultura popular desde la gestión de giras y de espacios como sus Fillmore East y West.

Según los distintos invitados fueron confirmando su participación, Robertson, Scorsese y el propio Graham se dieron cuenta de que aquello no consistía en organizar, dar o rodar un concierto. Lo que tenían entre manos era la oportunidad de retratar una generación de músicos y algunas de sus raíces que habían puesto la banda sonora a una transformación social sin precedentes.

Fueron conscientes de que, si conseguían crear las condiciones adecuadas, el documental se podría convertir en su auténtico “legado“. Y así fue. El 25 noviembre de este 2016 se cumplirán los 40 años desde aquel evento tan especial. En esta larga trayectoria, lejos de haber sido condenado al ostracismo por el paso de las décadas, The Last Waltz (como se tituló el documental que recoge el concierto y el making-of) se ha visto elevado al estatus de icono imprescindible tanto para músicos como para cineastas, tanto para melómanos como para cinéfilos. La mayoría lo reconoce como un testamento cargado de emotividad, pasión y nostalgia.

 

Lo que me impactó como comunicador

Aunque The Band se había garantizado un lugar de la historia por méritos propios, nunca fueron el mejor grupo de su época. Su disolución hubiera pasado desapercibida. No obstante, ellos habían estado dentro del mundo de la música cuando ésta se convirtió en un auténtico vehículo de expresión: a finales de los cincuenta, con Ronnie Hawkins, en los sesenta, con Dylan entre otros y, ya a principio de los setenta, como una banda consolidada acostumbrada a compartir cartel con decenas de otros iconos.

Sin embargo, The Last Waltz, el concepto de la película reportaje que les retrata uno por uno y que recoge el buen rollo en el escenario con el resto de mitos, aprovechando esa dilatada historia, construye un relato cercano y humano. Constituye una pieza de comunicación con valor universal. Este contenido les catapultó. Más allá de su función musical, se erigieron como los cuentacuentos de una época única.

Este fue su legado: “Contribuimos a cambiar el mundo desde las corrientes musicales que alimentaron una generación: el Blues, el Country, el Rock ‘n’ Roll, el Gospel, el Soul, la British Invasion, el Folk, etc.“. Conscientes de que este cambio social-cultural necesitaba un testamento, este Brand Film además sentó las bases del storytelling de parte. Ese que se escribe e interpreta por el interés de una marca (en este caso el grupo) y que conecta con un amplio abanico de comunidades sin las que el proyecto, la iniciativa, el cambio no hubieran tenido sentido. Hasta aquel momento, A Hard Day’s Night de The Beatles había sido precursora pero sin la profundidad o el alcance de la de The Band y con el foco puesto en el entretenimiento. Ilustró el fenómeno fan y la revolución alrededor de un grupo de ídolos juveniles.

Posteriormente, los ejemplos han abundado. Ninguno ha resultado tan redondo como esta obra maestra de Scorsese, de Robbie Robertson, Bill Graham y un puñado de artistas comprometido con la música y con su esencia comunitaria. Todos demuestran formar una gran familia que comparte valores, creencias, intereses y muchos símbolos de su sentido de pertenencia.

Aprendizajes para la empresa y sus primeros ejecutivos

  • Si sabes lo que quieres dejar cuando tu gestión termine, escríbelo y que te ayuden a convertirlo en una historia (no en un grupo de mensajes): fue lo que Scorsese aportó a The Band. Guionizó lo que ellos intuitivamente querían contar y lo montó para que el espectador se sintiera interpelado.
  • Deja para el recuerdo cada hito, cada paso, cada momento que simbolice esa gestión: ayudará en el montaje de la historia e ilustrará el contexto y pondrá cara y ojos a sus protagonistas (el equipo profesional que te acompaña, los stakeholders que te respaldan).
  • Visualiza las piezas finales que servirán de fotografía del legado: con apoyo, desgrana los soportes y canales que contribuirán a mostrar esa herencia. The Last Waltz supuso también un antes y después técnico. Fue el primer documental que recogía un directo en el que no se mostraban cámaras, micros de ambiente o el aparataje de iluminación y técnico que rodea un rodaje. Scorsese lo hizo para respetar el lenguaje del cine porque ese fue el formato que seleccionó junto con Robertson.
  • Involucra a todos los que consideres representan cada parte de la historia: en los contenidos que reflejen lo alcanzado, abundarán los estereotipos (los empleados involucrados y los resistentes, los accionistas proactivos y los reactivos, los consumidores “early adopters” y los “laggards”, los reguladores neutrales o ideológicamente alineados, etc.). The Band terminó seleccionando un representante de cada uno y les invitó a protagonizar su documental. Fue un movimiento acertado no por su lado más mercadotécnico, sino porque materializó la ambición del proyecto y sirvió para mostrar el carácter colectivo del legado.
  • Hazlo “en vida”: elaborar, dar formato y construir la historia del legado exige tiempo. Hacerlo cuando los acontecimientos ya pasaron, resta empuje y corazón al relato. The Band decidió organizar este show cuando todavía eran un grupo reconocido y aprovechando su despedida. Su poder de convocatoria estaba intacto, también su prestigio y sus facultades como equipo.
  • Contrata a los mejores: Robbie se dirigió a Scorsese y a Bill Graham. El primero había sido editor del documental Woodstock que recogió el concierto de este mítico festival y en 1976 era el Director de Cine de moda, con Francis Ford Coppola, tras su Taxi Driver. Era exigente, maniático y su ego se pone de manifiesto cuando él mismo sale como entrevistador y conductor en muchas escenas. Pero era el mejor para ese trabajo. El segundo, era el promotor más importante de los últimos doce años en los Estados Unidos. Nadie tenía tanta experiencia como Bill para organizar un evento que funcionara en taquilla, en producción y en la recreación de la atmósfera que el grupo y el cineasta habían definido. La pieza no hubiera resultado tan influyente sin ellos.
  • Co-produce el contenido: si te involucras en el diseño y en el enfoque de la historia y lo que te preocupan los costes, estructura la historia de forma que sus piezas puedan tener sentido comercial. Es lo que han hecho Red Bull o Lego. Por qué no lo vas a hacer tu? The Band no pagó a Martin Scorsese, ni puso dinero para financiar la producción o contratar el local. Fueron co-productores del film que desde el principio se concibió para ser explotado en las salas de cine, en los festivales y en la televisión. Ese modelo de negocio pagó la fiesta.
  • Asume tu protagonismo: la modestia es una virtud. Sin embargo, cuando hablamos de tu legado ésta puede ser un adjetivo pero no debe llevarte a un equívoco. Un Presidente, un CEO o un Director General es un agente del cambio. Puede y debe compartir su protagonismo sin embargo no es posible delegarlo. La sociedad necesita ejemplos. Los mejores son aquellos que han conseguido frutos y que también muestran la dificultad para conseguirlos. Drucker decía que el deber de un líder empresarial, en la segunda parte de su carrera, es devolver a la sociedad lo que ésta le ha dado. Eso no se consigue ocultándose o desapareciendo. Eso se logra afrontando la timidez y el miedo a la célebre envidia para contar un caso que ayudará a los que vengan a aprender de los aciertos y de los errores. Los miembros de The Band aborrecían el show business. Nunca quisieron formar parte en la primera línea del oropel de la industria. Ellos se autodefinían como trabajadores de la carretera, simplemente músicos. No fueron accesibles a los medios en toda su carrera y todos y cada uno de ellos, a su manera, eran introvertidos y lo que hoy llamaríamos “antisociales”. Aún así, por el simbolismo del proyecto y por sentirse parte de ese legado, aceptaron un rol protagonista en la historia; en muchos momentos, se percibe su timidez ante las cámaras, incluso su subordinación ante ciertos invitados con más nombre que ellos mismos.
  • Disfruta del momento: cuando un escalador corona la cumbre que se puso como objetivo, debe disfrutar de unos instantes mágicos. Lo supongo porque nunca he practicado este deporte que me parece pensado para personas hechas de una pasta especial. Pero he tenido ocasión de hablar con algunos. Así lo describen. Son conscientes de que se trata de un instante. Vaya instante! El legado, lo que uno deja tras años de gestión, funciona de la misma manera. Supone una satisfacción. Es cierto que también conlleva otras emociones como la nostalgia o cierto grado de frustración. Esos sentimientos deben aflorar en la comunicación del trayecto y de lo alcanzado. The Last Waltz es una coctelera de emociones a flor de piel. Los intérpretes se desnudan. Abundan las sonrisas, los guiños de cariño, la tristeza y la euforia. Algunos momentos sobre el escenario erizan los pelos de la audiencia. Cuando Neil Young deja su micro de cantante y se acerca para hacer los coros de su himno “Helpless” junto con Rick Danko y Robbie Robertson en un gesto de solidaridad y cercanía para con sus amigos. Las caras de complicidad de todos en el “pique” de punteos entre Eric Clapton y Robbie en el brutal “Further On The Road”. El respeto con el que los miembros de la banda observan a Dylan en su versión de su propio “Forever Young” (auténtico leiv motiv de cualquier despedida). La diversión que desprenden cuando vuelven a verse en un escenario tocando “Who Do You Love” con su maestro Ronnie Hawkins. Y la reverencia que supone esa palabra para la historia susurrada por Mavis Staples al finalizar la toma del tema más conocido de The Band, su “The Weight”: “Beautiful“.
  • Escoge el conflicto: los logros se consiguen y valen en función del tamaño del reto al que se enfrentan. Todo legado se construye alrededor de un desafío. Debe estar presente en la historia. Sin magnificarlo, tiene que ofrecer el pivote para el guión de tu storytelling. The Band, contando el porqué de su disolución, traslada el conflicto al que se enfrentaron todos los músicos de su generación. Desde la falta de recursos, hasta las exigencias del público, pasando por la intensidad del trabajo muchas veces sin recompensa y la búsqueda constante por dejar su huella en la historia por el valor de su arte. La película lo desgrana entre actuación y actuación. El montaje nos regala momentos de intimidad con los músicos en los que confiesan sus sueños y sus miedos.
  • Difúndelo con propósito: Las historias se escriben para ser conocidas. Sin los espectadores/los lectores/los oyentes, el relato queda cojo. Son ellos los que van a completarlo. Es preciso que el legado, una vez que tiene forma, se de a conocer. Se necesita un plan exhaustivo que garantice el máximo recorrido de lo invertido (en términos económicos, humanos y emocionales). Prevé cómo le llegará a las personas que te importan, en qué momento, a través de que canal y estate dispuesto a participar en la conversación que suscitará. The Band recurre al formato más global de su época (el cine). El producto documental dio pie también a su difusión por boradcasting, en vídeo o en banda sonora. Ellos acudieron a platós de televisión entonces y en los distintos aniversarios desde su grabación, atendieron a la prensa en múltiples entrevistas, facilitaron su mención en libros y en estudios. Ellos y, por supuesto, Martin Scorsese. Lo hicieron, sorprendidos por el alcance final de lo que habían hecho, porque tenían el propósito de demostrar que la música había desempeñado un papel fundamental en la historia reciente y porque se sentían orgullosos de haber formado parte de ese movimiento.

Martin Scorsese decidió comenzar la película con una frase excepcional “Reproduzca esta película con el volumen a tope“. Pero también, escogió como primera canción la coda del concierto invirtiendo el orden de los factores para empezar con el final. Aquella noche de Acción de Gracias, al término del bolo, después de una jam en la que participaron todas las figuras, los miembros de The Band regresaron vestidos de civiles (se habían cambiado) para tocar una última canción. Seleccionaron su versión del clásico “Baby, Don’t Do It” de los Five Royales. El Director enceta el show con ese bis y parece lanzar un mensaje para el grupo y para toda la generación de músicos retratados en The Last Waltz: “no lo hagáis, no os disolváis, no desaparezcáis“. El tiempo pasa, todos pasamos, sin embargo la fotografía de aquel instante, el documental que recoge el legado, esa historia universal, no lo hará nunca.

Nota personal

Dedico este post con todo el cariño a mi hermano Jorge, él me regaló el DVD de esta joya cuando no se podía comprar en España. Recuerdo con emoción el momento en el que en Edimburgo, aquellas Navidades, no me dejó adquirirlo en una tienda de música casi con coacción. Él lo tenía reservado para mi Papa Noel escocés y estuve a punto de estropear su sorpresa.

Y también a dos profesionales con los que aprendo a diario: David G. Natal (“Spielberg” para nosotros) y Goyo Panadero. Son sus enseñanzas e inspiración los que me han ayudado a aterrizar las intuiciones que poblaban mi cabeza alrededor del legado y del poder de las historias.

A los demás, os recomiendo encarecidamente que veáis The Last Waltz, ojalá lo disfrutéis como lo hice yo. Recordad: siempre “…con el volumen a tope“.