“Tenías que haber sido tu…”. Fue lo único que acertó a responder abochornado. Eran las 7 am del día 8 de octubre de 1954. Se encontraban en Denver de gira. Según el propio Dave Brubeck, estaba todavía acostado cuando llamaron a la puerta. Al abrir se encontró con Duke Ellington que le extendió la revista Time mientras le señalaba “estás en la portada”.

La anécdota se convirtió en una de las más jugosas en materia de comunicación y música del S. XX. El semanario seleccionaba a un protagonista del jazz por segunda vez en toda su trayectoria. El primero había sido Louis Armstrong en 1949.

Brubeck reconocería en innumerables ocasiones que fue el momento más agridulce de su carrera. Supuso un certificado del éxito de sus 13 álbums hasta ese momento y de sus centenas de conciertos por todos los Estados Unidos. Pero al tiempo, algo le carcomía por dentro.

Respetaba y admiraba la estatura del maestro Ellington y le consideraba mucho más merecedor de aquella portada que él mismo. Dave, arquetipo del americano medio blanco, se había propuesto luchar contra la segregación racial desde su adolescencia. Ante el número de la revista, su sentido moral zumbaba. Sería especialmente amargo, pensaba, que alguien le hubiera podido escoger a él por su raza y no por su valía profesional.

Un año más tarde, Brubeck compondría The Duke, uno de sus grandes temas. Homenajeó con él a su reverenciado colega. Pasó inmediatamente a la categoría de estándar. Decenas de mitos, entre ellos, Miles Davis, George Shearing o Phil Woods convertirían la ofrenda del cleanup man, como le bautizara The New Yorker, en un presente universal de mucho más valor que la foto de honor de cualquier publicación. Y Ellington se lo agradeció.

Relevante antes que influyente

Dave Brubeck tuvo la sensación de haber cosechado un reconocimiento mayor al que le correspondía. Me permite recurrir a él para volver a hablar de la Influencia y la Relevancia.

En mi post sobre la Velvet Underground & Nico, usé su ejemplo para exponer que se puede ser irrelevante en un momento dado y poderosamente influyente a lo largo de décadas.

Pues bien, déjame que recurra a Dave Brubeck para explicar cómo se pueden dar y funcionan casos al contrario. Popularizó tanto el jazz que, a finales de los cincuenta, los iniciados le rechazaron. El mundo reconocía su relevancia pero muchos despreciaban su influencia.

El tiempo, al igual que le sucedió a la Velvet, resolvería la injusticia. Hoy se le cuenta entre los grandes nombres de la cultura norteamericana. Nadie duda ya del valor de su legado.

Por cierto, ahora mismo dale al play de este vídeo con una versión en directo a cargo de él y su cuarteto del tema Take Five. ¡Impresionante!

Resumen en 12 diapos

Consciente de que cada vez estamos más escasos de la auténtica moneda de este siglo, el tiempo, he preparado una breve presentación resumen del caso. Te propongo que des un vistazo a las diapositivas. Si luego quieres profundizar y conocer las anécdotas detrás de este auténtico genio, te animo a que prosigas con la lectura del post.

El éxito más improbable

La de Dave Brubeck es la historia por antonomasia de la improbabilidad. ¿Quién iba a decir que un nerd, abstemio, tímido, que había nacido y crecido en un rancho en el medio de praderas y vacas, formado en la música clásica pero incapaz de leer una partitura se iba a convertir en el músico de jazz más popular de los años cincuenta y uno de los más grandes del siglo?

En el obituario que le dedicó a su muerte en 2012, The Economist lo resumía así:

“Above all they found it hard to believe that the most successful jazz in America was being played by a family man, a laid-back Californian, modest, gentle and open, who would happily have been a rancher all his days—except that he couldn’t live without performing, because the rhythm of jazz, under all his extrapolation and exploration, was, he had discovered, the rhythm of his heart.”

La antítesis del ídolo de la música popular

En el artículo que le dedicó la revista Time en 1954, incidían en el hecho de que Dave simplemente no encajaba en la foto: “Brubeck es tan atípico en el campo del jazz como una harpa en una banda de Dixieland“.

En las entrevistas citaba a Bach o se refería a su maestro Milhaud con una reverencia por la teoría que descolocaba a los periodistas y críticos.

En los directos, con sus gafas de pasta y su aparente introversión, introducía las canciones disertando sobre su dificultad rítmica. O sorprendía a la audiencia pidiéndoles silencio. Aquella actitud contrastaba con la imagen romántica de los bares neblinosos en los que las bandas de bebop debían abrirse paso a empujones entre el bullicio.

Padre de cuatro hijos, nunca consumió drogas ni se dejó llevar por la vida desordenada de las giras. Asombra pensar que Charlie Parker o Billy Holiday fueran colegas de profesión. Tristemente, las adicciones y sus consecuencias han tenido más protagonismo en ocasiones que los logros estéticos de estos y de otros grandes mitos. Han contribuido a forjar el retrato tortuoso y excéntrico de la genialidad musical.

Un blanco en el reino de los negros

El jazz representaba a mediados del siglo pasado el único reducto cultural en el que los negros constituían la aristocracia. Brubeck se sintió afortunado de haber sido acogido en el seno de aquella comunidad. Pocos blancos lo habían logrado.

Aún así, también en eso se salía de los cánones. Sobre los escenarios y en los estudios de grabación, se antojaba antes un redneck que el líder de un combo interracial. Mucho más que en los casos de Sinatra o de Benny Goodman, saltaba a la vista que Brubeck era blanco en un mundo de negros.

Contexto

Antes de avanzar, me detengo en algunas cuestiones que considero básicas para entender su figura en el marco de los años cincuenta:

Las comunidades y la industria

  • El jazz era, entonces como hoy, una música para iniciados que integraban una comunidad de comunidades. Dediqué un post a este importante concepto para los comunicadores apoyándome en el ejemplo de seguidores de los Grateful Dead. Comparten intereses, facilitadores y líderes de opinión, canales de interacción, símbolos y cuentan con un fuerte sentido de pertenencia. Eso implica que cuando se hable de música y cultura, se sientan diferentes de los que no comulgamos con ese credo.
  • A pesar de ser una minoría, en la década en la que el rock ’n’ roll barrería, las divisiones dedicadas al jazz suponían ingresos importantes para las grandes compañías. Time se hacía eco de ese negocio:

“The new jazz age has impressed even such a long-(and grey-) haired musician as Pianist Artur Rubinstein. “The Americans are taking jazz very seriously,” says he. “There is so much money in it.” There is indeed. Jazz, which used to account for a tiny percentage of sales among the major record companies, has become a big moneymaker for the big labels. Across the U.S. there are also some two dozen companies making a comfortable profit by putting out nothing but jazz”.

Rol geopolítico

Las corrientes y protagonistas

  • Bajo el paraguas del jazz se engloban distintos movimientos. Pues bien, el llamado cool se imponía a la corriente del bebop que había explotado una década entes. El nuevo estilo, como acostumbra a suceder en el desarrollo de las escuelas artísticas en cualquier disciplina, supuso la reacción ante las características del anterior. Frente a la intensidad y la complejidad, una generación de jóvenes intérpretes apostó por la sofisticación y la elegancia. Hicieron más accesible el equilibrio entre swing e improvisación.  
  • El nuevo estilo se asoció a la Costa Oeste donde contaba con una escena vibrante. Shorty Rogers, Gerry Mulligan, Chet Baker o Stan Getz fueron pioneros que provenían de California. De todos modos, Lester Young o Miles Davis, con base en New York, compartieron la paternidad desde el Este.

Relevancia!

La relevancia responde a la pregunta de cuán conocido eres. Dos hitos ponen de manifiesto el grado de popularidad que alcanzó al que Dave Brubeck frente a sus colegas.

El primero es el de la propia portada de la Revista Time

Brubeck en la famosa portada de la Revista Time

Aunque Brubeck pensara que Ellington se merecía aquel reconocimiento, él había acumulado argumentos de sobra para protagonizarla.

El número de Time no surgió de la nada. Respondía a cuatro años de febril actividad. De 1951 a 1954, el músico de San Francisco había pasado de ser conocido en pequeños círculos de su California natal a convertirse en el jazzman más popular de los Estados Unidos.

Un escenario seminal: el campus universitario

Lo consiguió de una manera original, no podía ser de otro modo. Durante aquellos cuatro años, llevó su banda a los campus universitarios de toda América. Acercó la corriente musical más elitista a los jóvenes que, en paralelo, estaban descubriendo el rock ’n’ roll. A nadie se le había ocurrido aquello antes. Fue revolucionario y alimentó una legión de fans.

Y lo combinó con una frenética actividad en los templos del estilo: del Zardi’s de Los Angeles al Basin Street de Manhattan, del Storyville en Boston al Carnegie Hall en New York.

Jazz Goes To College

Además, en 1954 firmó con Columbia, uno de los grandes sellos del momento. Se estrenó con la nueva discográfica lanzando un álbum extraordinario con el material grabado precisamente en distintos campus. Jazz Goes To College fue una auténtica declaración de principios. Con su trabajo diario había desbordado los límites de la audiencia tradicional del jazz.

El LP Jazz Goes to College supuso el debut en 1954 de Dave Brubeck en Columbia.

El debut de Dave Brubeck en Columbia en 1954 recogió algunos temas en directo de su gira por campus universitarios.

Música moderna

Time se hizo eco del irresistible tirón de The Dave Brubeck Quartet como ejemplo de lo que denominó “música moderna”. La revista lo relacionaba explícitamente con la comunión con un público mucho más joven y más abierto al ocio. La postguerra se alejaba. Los veinteañeros, al igual que sucedería con los adolescentes, querían olvidar las penurias. El consumo en general se convertiría en el gran motor de los felices años cincuenta.

Un producto de aquella época, la balada In Your Own Sweet Way (1956), se convirtió en una estándar del jazz de inmediato. Pianistas de la talla de Bill Evans, Kenny Drew o Keith Jarrett, guitarristas como Wes Montgomery, trompetistas, Miles o Baker entre ellos, o genios del saxo al nivel de John Coltrane rendirían homenaje con sus propias versiones a esta genialidad de Brubeck. Disfruta de una toma en vivo que sintetiza su magia.

Time Out

Y, no obstante, resulta increíble que aquella portada llegase cinco años antes del gran hit de Brubeck y su banda. En diciembre de 1959, grabó y lanzó Time Out. A lo largo de las décadas venideras, aquel LP generaría decenas de libros, artículos y controversias.

No creo posible decir nada nuevo de esa obra maestra. Me limito, hablando de relevancia, a destacar porque podemos considerar que nada ni nadie disputó la popularidad del disco:

  • Fue el primer LP de jazz en vender más de un millón de copias.
  • Hoy se mantiene como el 5º álbum más vendido de la historia del jazz.
  • Sorprendentemente, alcanzó el Nº2 en la lista de Pop Albums de Billboard en 1961.
  • La cara B de su single de lanzamiento, Take Five, llegó al puesto nº25 de las listas de Pop. Aquel éxito había permanecido fuera del alcance del resto de maravillas que grabaron sus contemporáneos.

Un álbum complejo y, a su vez,… ¡accesible!

La colección de temas surgió de la experimentación de Brubeck y su banda con ritmos absolutamente nuevos. Supuso una disrupción en el manejo del tiempo. De ahí proviene su título.

Columbia pensaba que era demasiado arriesgado y que el público no lo entendería. La realidad demostró lo equivocados que estaban. Como ha dicho algún crítico, las melodías y el ambiente de ese LP constituyen la combinación más infecciosa en la descomunal discoteca del jazz.

Date el gustazo de ver esta joya que se encuentra en el LP llamada Three To Get Ready. Hicieron fácil lo complicado. ¡Cómo no te van a infectar!

Influencia

Sin embargo, en los primeros años sesenta, hablar de Brubeck y de Time Out se convirtió en sinónimo de controversia. La obra no dejó indiferente a nadie. Básicamente, el ecosistema del jazz era alérgico al éxito comercial. Los críticos y aficionados no concebían que se pudieran unir ambos conceptos.

Los prejuicios impidieron en muchos casos apreciar el asombroso contenido del LP. Tras la década de popularidad creciente de aquel hombre atípico, asimilado al estilo pero nunca nativo de pura cepa, el impacto del álbum fue demasiado para los miembros de la tribu.

Críticas brutales

Se dijeron cosas bien fuertes en la prensa especializada. Sirven de muestra para que nos hagamos una idea del rechazo. Recojo tres que me han alucinado:

  • Downbeat en 1960 le dio dos estrellas sobre cinco a Time Out. Ira Gitler, que sería más tarde la Editora del medio y también de la Enciclopedia del Jazz, se despachó a gusto en su crítica. Entre otras lindezas, me quedo con su despedida:

“If Brubeck wants to experiment with time, let him not insult his audience with such crashing-bore devices as mentioned. Better still, if he wants to experiment, let him begin with trying some real jazz”.

  • Joe Goldberg en Jazz Reviews hiló aún más fino en su devastador repaso. Dejando a un lado el propio LP, se cebó con el propio Brubeck.

“… that jazz is not [Brubeck’s] natural form of expression, but he is determined to play jazz, as if a man who knew five hundred words of French were to attempt a novel in that language.”

  • En el Jazz Journal, a Stanley H. White, tratando de dar una de cal y otra de arena, también se le fue la mano:

“the unavoidable lack of beat, the absence of the jazz spirit—these indispensable jazz attributes—bring defeat to an otherwise highly intelligent and musicianly artist.”

Ya lo decía Time en 1954, “no a todo el mundo le gusta Brubeck“.

Siempre controvertido: ni clásica ni jazz sino todo lo contrario

“Quizás, la aportación más significativa de The Dave Brubeck Quartet ha sido la integración entre los elementos de la música clásica y del jazz“, escribió Al Zeiger en Metronome.

Algunos han encontrado en ese maridaje la razón primordial del rechazo que produjo: al mezclar ambos mundos era inevitable que se perdieran algunas señas de identidad de cada uno.

Yendo aún más allá se encontraron con el pop

Y es que, además, en Time Out no se puede decir que se mezclen componentes solo de esas dos escuelas. La experimentación rítmica que plantea y las estructuras armónicas se enraízan con fuerza en la tradición euroasiática.

Escucha Blue Rondo Ala Turk en directo, un corte del LP que representa muy bien esa mezcla explosiva. Te sugiero que la disfrutes hasta el final para que compruebes especialmente el juego con los tiempos, el ritmo. Pasa de un 9/8 en el inicio al clásico 4/4 en los solos.

El caso es que el genio de aquellos cuatro músicos con semejante fusión produjo una joya del pop. El resultado superó los límites de las tres tradiciones. Una audiencia más global, sin prejuicios, lo encontró irresistible. Lo adoptó con naturalidad, dejando al margen las disquisiciones teóricas.

El impacto de aquel fracaso puntual en su influencia

Sin embargo en el lustro que siguió a su publicación, la inflación auditiva de Take Five provocó un hartazgo que terminó por condenar a cualquiera que recurriese a su sonido.

Por eso lo pongo de ejemplo como fracaso en términos de influencia. Nadie en el jazz quería ser identificado como influido por Time Out.

Aquella negación se prolongó por un periodo de tiempo relativamente corto. Vista hoy, la polémica resulta infantil. Brubeck inauguró toda una nueva página de la historia del jazz. Sus figuras y estilo se estudian en las escuelas del género en todo el mundo. Simplemente: no se puede entender el estilo sin sus aportaciones.

Las razones para aquel fracaso

Podemos resumir en dos las razones que explican la falta de reconocimiento inicial de la influencia del LP. Ambas se entrelazan:

  • El rechazo que causaban sus formas en los seguidores más acérrimos: ya he comentado que el sentido de pertenencia de una comunidad se basa en elementos esenciales como los símbolos. Brubeck contrariaba, sin pretenderlo, la iconografía establecida en aquella gran familia. Comparado con la idiosincracia y el carisma de Charles Mingus o del mismo Chet Baker, su relato de americano medio licuaba una fórmula reverenciada durante décadas. No resultaba creíble.
  • Y el hecho de que alcanzase semejante éxito: Robert Rice lo aclaraba en el perfil que hizo en 1961 del músico “The fact that it is admired by the public may explain the fact that it is scorned by many of the adepts. ‘Popular’ is an extreme [negative] in certain jazz circles”.

Le sucedió justo lo contrario que a The Velvet Underground, cuya sequía de ventas alimentó el culto a su música.

Una enseñanza de lujo para la empresa

El caso nos deja a los comunicadores una lección estupenda.

Dado que:

  • Queremos establecer relaciones entre las organizaciones y las comunidades que condicionan sus proyectos.
  • Para eso necesitamos contar relatos conmovedores que apelen a las personas que las forman.
  • Debemos anclar con fuerza las historias en territorios determinados en cuyas conversaciones y experiencias intervienen.
  • Y ganarnos la legitimidad para dialogar y convivir con ellas.

Entonces:

  • Estudiemos bien los usos y costumbres de esas comunidades a las que queremos influir.
  • Entendamos su cultura y sus intereses.
  • Aprendamos de la forma en la que interactúan.
  • Y, después, hablemos con sus miembros sin contradecir sus creencias, sin negar sus elementos identitarios.

Cuando no lo hacemos así, a pesar de contar las mejores soluciones y la narrativa más auténtica (Dave Brubeck tenía ambas), podemos darnos de bruces contra un muro.

Reconocimiento posterior

Dave Brubeck murió en 2012 con 91 años. El tiempo curó aquella falla inicial y retribuyó el trabajo duro, la vocación innovadora y la universalización del jazz. Centenas de medios de comunicación le dedicaron obituarios sin par. Selecciono cinco:

“Brubeck, though, was bigger than all of that. His life and music say more about this country’s future than its past. He and an entire generation of white, black and Latino jazz musicians helped create one of the nation’s first multicultural communities. They offered a snapshot of what this nation is becoming, like it or not.”

“He often compared jazz to democracy, saying both challenged individuals to express their freedom while being disciplined enough to respect the freedom of others.”

“He was a white man in a world dominated by black artists, but he wasn’t threatened by the differences. He respected tradition but he wasn’t afraid to subvert it if it meant growth. He learned how to listen to, and be inspired by the music of “the other.” Brubeck was often called the “Ambassador of the Cool,” but he was more. He was the ambassador for a new America”.

“Those odd time signatures opened the door to more aggressive rhythms in jazz and beyond. When prog rockers proclaimed the influence of jazz, they weren’t cribbing gutbucket bop from Art Blakey—they were thinking Brubeck time. And “Take Five,” with its unprecedented million copies sold, reached much farther than bebop did.”

“Dave Brubeck, who died yesterday, the day before his ninety-second birthday, was a composer and pianist, a jazz ambassador and popularizer, a civil-rights advocate, and a musical explorer.

Whether or not he was to your taste, he was both brilliant and important: an iconoclastic player recognizable from one clustered chord, a restless composer pushing the bounds of genre, and a bridge between the past of the music and the future.”

“Brubeck didn’t have the réclame of some jazz musicians who lead tragic lives. He didn’t do drugs or drink. What he had was endless curiosity combined with stubbornness. His work list is astonishing, including oratorios, musicals and concertos, as well as hundreds of jazz compositions. This quiet man of jazz was truly a marvel.”

“Genial as Mr. Brubeck could seem, he had strong convictions. In the 1950s he had to stand up to college deans who asked him not to perform with a racially mixed band (his bassist, Gene Wright, was black). He also refused to tour in South Africa in 1958 when asked to sign a contract stipulating that his band would be all white. With his wife as lyricist, he wrote “The Real Ambassadors,” a jazz musical that dealt with race relations. With a cast that included Louis Armstrong, it was released on LP in 1962 but staged only once, at that year’s Monterey Jazz Festival”.

Premios y homenajes

Además, sin duda, ha sido el músico de jazz más homenajeado y premiado de todos los tiempos. Puedes consultar una lista que recoge los 50 más significativos en este enlace. Destaco: National Medal of Arts, Grammy Lifetime Achivement Award, Lugano Award for extraordinary contribution to Music and Culture (Switzerland), Officier de L’ordre des Arts et Lettres (Citation from the French government), Bocconi Medal (from Italy), BBC Jazz Lifetime Achievement Award, Honour Cross for Science & Art (Austria’s highest award for the arts) y First Benjamin Franklin Award for Public Diplomacy.

Me reservo en especial su nombramiento como Honoree del Kennedy Center. Flipa ver al matrimonio Obama compartiendo con Springsteen la admiración por este crack el día en el que les homenajearon a los dos. No te pierdas la mirada de Brubeck al ver a sus cuatro hijos tocando sobre el escenario para celebrar a su padre. ¡Conmovedor y merecido, muy merecido, maestro!

 

CODA: un ser humano extraordinario

Termino este post recordando otro de los rasgos que caracterizó a este maestro, su compromiso social.

Un día se grabó en especial en la memoria de Dave Brubeck. Cuando era un niño, estaba en el rancho. Su padre llamó a uno de los vaqueros que trabajaba con él. Le pidió que se abriese la camisa y le mostrara la cicatriz a su hijo. Dave no pudo evitarlo. Les dijo, sorprendido, que era parecida a la que dejan los hierros para marcar el ganado. Su padre le confirmó que aún había gente que cometía el horrendo crimen de tratar a los hombres y mujeres de color como una propiedad más. Le enseñó al niño una lección que nunca olvidaría. Aquel era el primer afroamericano al que conoció.

En 1958, The Dave Brubeck Quartet fichó al bajista de color Eugene Wright. Ese mismo año, el líder de la banda rechazó las presiones de los organizadores de conciertos del sur de los Estados Unidos. Les ofrecían giras muy lucrativas pero les pedían que acudiesen con un grupo completamente blanco. Renunció sistemáticamente en esa temporada y en las venideras a aquellas propuestas que consideraba atentaban contra sus valores y contra los de su país.

Dave Brubeck veía en el jazz un excelente ejemplo de Democracia. En las mejores bandas, decía, la individualidad se pone al servicio del logro colectivo. El valor del resultado supera con creces el de la simple suma del de los miembros. Además, históricamente, se seleccionaba a los músicos por su talento, independientemente del color de su piel.

Take Five, el gran hit del combo, no fue compuesto por Brubeck. Paul Desmond, el saxofonista con el que Brubeck construyó una dupla de oro, llevó aquella melodía al ensayo y, entre todos, la culminaron. Dave lo reconoció así en los créditos, siempre alabó a su colega por la magia del tema y le atribuyó todos los honores. Una conducta excepcional en la industria de la música. Paul falleció en 1977, 35 años antes que su amigo y “jefe”. Cedió los derechos de la canción a la Cruz Roja. Durante años este gesto ha supuesto una contribución de millones de dólares para la ONG.

Quizás, este detalle constituya el aporte más significativo al mundo de una formación que, bajo el liderazgo de Brubeck, innovó musicalmente, encantó a millones de personas, compartió y difundió sus principios en miles de escenarios de decenas de países y todo lo hizo desde la sencillez y el inconformismo tranquilo.

Supongo que Duke Ellington había percibido eso mucho antes. Pero estoy convencido de que aquella sencilla respuesta en la mañana del día 8 de octubre de 1954, mientras le daba la primicia de la histórica portada de Time, le confirmó la extraordinaria humanidad de su colega Brubeck: “It should have been you, Duke”.

Chief Talent & Innovation Officer y Socio de Llorente & Cuenca (y ferviente admirador de los Flamin’ Groovies).

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